jueves, diciembre 03, 2009

¿No es un descaro?


¿No es un descaro que Álvaro Uribe reciba el mismo premio que anteriormente le habían dado al presidente de Túnez, Zine El Abidine Ben Alí, quien gracias a dos reformas constitucionales lleva 22 años encaramado en el poder?

¿No es un descaro más feo que Uribe haya recibido el pergamino y la estatuilla dorada del premio de manos del empresario Juan Miguel Villar, presidente del grupo español OHL, que, curiosamente, participa en la licitación de la Ruta del Sol, el proyecto vial más ambicioso del gobierno? ¿No es un descaro que un licitante premie al presidente de la República en pleno proceso de licitación?

¿No es un descaro que mientras estallan escándalos de corrupción a diestra y siniestra, Uribe repita, repita y repita que el suyo es un gobierno que actúa con honorabilidá y trasparencia?

¿No es un descaro que el primer mandatario, sin empacho de ninguna clase, insulte al más alto tribunal del país y a su presidente, como si él mismo no tuviera unos antecedentes bastante abultados en cuanto a embustes, empezando por los falsos positivos?

¿No es un descaro que en los años recientes de prosperidad sin precedentes, en los que la economía dizque crecía a ritmos superiores al 5 por ciento, el desempleo haya aumentado inexplicablemente? ¿No es un descaro que el ministro de Hacienda, salga a inventarse disculpas ridículas, en vez de aceptar el terrible fracaso del gobierno en esta materia?

¿No es un descaro que el ex ministrico de Agricultura justifique las irregularidades que se presentaron con los subsidios de Agro Ingreso Seguro, defienda y le dé cartilla a su sucesor y luego de la fallida moción de censura salga junto a éste, del Capitolio Nacional, muerto de la risa? ¿No es un descaro que Uribito diga sin sonrojarse que si fuera presidente de la República, no sólo mantendría sino que multiplicaría el programa de AIS?

¿No es un descaro que el sector financiero cierre al año con utilidades superiores al 50 por ciento, y que al mismo tiempo Colombia sea el segundo país más desigual en América, superada sólo por Haití? ¿No es un descaro que los índices de pobreza e inequidad sigan disparados, mientras los banqueros se siguen llenando los bolsillos en medio de aplausos?

¿No es un descaro que, mientras las autoridades hablan de logros sociales y otras mentiras de esas, Colombia tenga la mayor cantidad de desplazados del mundo, después de Sudán? ¿No es un descaro que el gobierno haya desoído las innumerables sentencias de la Corte Constitucional que lo conminan a atender con carácter urgente a los millones de colombianos que lo tuvieron que dejar todo en el campo, por cuenta de la violencia?

¿No es un descaro que mientras todos los ciudadanos vemos cómo aumenta la inseguridad en las grandes ciudades, los altos mandos militares y de Policía salgan a decir que, por el contrario, la seguridad ahora es mejor que antes?

jueves, noviembre 26, 2009

La alegría de volar


En vísperas de diciembre vuelven a colación los manidos temas de siempre, relativos a las vacaciones, los viajes, el tráfico en las carreteras, la congestión de los aeropuertos, la escasez de vuelos, el precio de los tiquetes, etcétera. Y, como muchas otras veces, vuelve y me da mal genio pensar en lo abusivas que son las aerolíneas con los pasajeros que por esta época se movilizan masivamente; no sólo por los precios, sino por la cantidad de restricciones y condiciones con las cuales parecieran quererlo disuadir a uno de viajar.

Cuando uno se retrasa un par de minutos las aerolíneas no lo dejan registrarse siquiera. “Qué pena, señor, el vuelo ya está cerrado”, le dicen muy tranquilamente. Y con una terquedad peor que la de Uribe se niegan a cualquier posibilidad de diálogo. No hay poder humano que los haga mover de ahí. No oyen razones. Si uno está de buenas, le ofrecen la posibilidad de viajar en un próximo vuelo, pero con un abultado recargo por la diferencia de tarifa y la correspondiente multa de castigo por no haber viajado según la reserva original.

En cambio, cuando son las aerolíneas las que incumplen (para no hablar de los vuelos que cancelan) creen que, después de seis horas de espera, todo queda solucionado con una disculpa dada a través de un megáfono sin pila y un bono para una hamburguesa con gaseosa. El pretexto puede ser el aeropuerto, el clima, un problema técnico; lo que sea. No es su culpa. Pero los pasajeros no tenemos derecho a retrasarnos por el tráfico en la ciudad, ni por el clima, ni menos aun por un problema técnico.

Y qué decir del asunto de los equipajes. Cuando uno se pasa por uno o dos kilos, le cobran multas que suelen empezar en los cincuenta dólares; pero cuando no lleva equipaje nunca le hacen descuentos, ni le dan upgrades de cortesía: nada de nada. Si uno tiene derecho a 20 kilos por viaje y no los usa la aerolínea se beneficia, porque eso le permite cargar las maletas de otros pasajeros, por lo cual recibe jugosos ingresos. De modo que sería lógico que uno recibiera algún beneficio por viajar sin valija. Las aerolíneas deberían abonarle a uno los kilos que no lleva o cambiárselos por millas. Sería una buena forma de motivar a la gente para que viajara con menos cosas, lo que ahorraría tiempo en el abordaje y combustible en el viaje, ya que los aviones volarían más livianos.

Otro tema que resulta antipático es el de los impuestos. Y aunque no es un problema ocasionado por las aerolíneas, sí es frustrante descubrir que unas tarifas que parecían como caídas del cielo, a la hora de incluir los impuestos resultan mucho menos atractivas. Por eso me gusta que ahora varias aerolíneas estén incluyendo el valor del tiquete con todos los perendengues; así uno sabe a qué atenerse.

jueves, noviembre 19, 2009

Camino a Berlín


A raíz del alboroto de los 20 años de la caída del muro de Berlín, recordé una anécdota la primera visita que hice a esa maravillosa ciudad, a la que llegué el 6 de junio de 1991, muy temprano en la mañana, procedente de Hannover, en un viaje en tren que me costó 42,60 marcos (o Deutsche Mark, como se decía antes de que el euro borrara del mapa las monedas nacionales de la Unión Europea).

Mis exiguos fondos no me permitían viajar en el Inter City Express, así que hice la travesía en un tren lechero, en un trayecto de unas seis horas, tiempo durante el cual prácticamente no dormí, por la emoción de saber que en pocas horas estaría en esa ciudad con la que había soñado siempre y que, finalmente, a mis 27 años, iba a conocer.

Al abordar el tren, al filo de la medianoche en Hannover, entré a una pequeña recámara con dos bancas enfrentadas, en una de las cuales iba un pasajero, frente al cual me senté. El señor tenía típico aspecto de turco: contextura mediana, más bien seco de carnes, pelo oscuro y corto, peinado de medio lado, piel trigueña, ojitos oscuros y un bigotito mínimo, muy parecido al de un cogedor de café.

Al cabo de una media hora yo, que paso grandes trabajos para quedarme callado, resolví buscarle conversación al tipo, que si bien no derrochaba simpatía, tampoco tenía cara de mala persona. Yo no tenía idea de qué iba a hablar; sólo quería conversar. Así que improvisé un saludo, tarea que tocaba hacer necesariamente en alemán, pues el turco es un idioma se me facilita menos que la lengua de Goethe.

A partir de ahí se desarrolló un diálogo elemental, lleno de cosas intrascendentes; de esas que son ideales para matar el tiempo con un desconocido.

Luego de un par de horas en que la charla en alemán rudimentario se interrumpía y se reanudaba irregularmente, el hombre dijo que ya casi llegaba a su destino. En ese momento me preguntó cómo me llamaba, y después de que le dije mi nombre, sin apellido, me preguntó si era ruso, a lo cual respondí negativamente; le aclaré que era colombiano. Abriendo los ojos, el hombre me dijo: “¿Entonces me querés decir que hacemos los dos hablando en alemán?”

Él era argentino y pensaba que yo era de cualquier rincón de Europa Oriental, mientras yo le confesé que lo creía turco; ambos nos equivocamos por más de cinco mil kilómetros. La risa estalló y el diálogo cambió de clima, de continente y de idioma en los 20 minutos finales de su viaje.

Después de despedirnos, yo, como un idiota, me seguí riendo solo durante un buen rato; tras lo cual los latidos de mi corazón empezaban a agitarse más y más, a medida que nos acercábamos a Berlín. No hallaba el momento de llegar.