martes, noviembre 03, 2009

¿Disidente o enemigo de la patria?


Palabras del autor en las jornadas «Colombia sin subtítulos», organizadas por Casa América Catalunya en el marco de la exposición «Ya vuelvo. Carlos Pizarro, una vida por la paz». Este texto y los de los otros participantes aparecen en la nueva edición de la revista Número.

Sobre la disidencia cultural son muchas las cosas que se podrían decir, dependiendo del enfoque que se le quiera dar al asunto, o del interés de quien lo afirme. El recorrido que hace la Casa América Catalunya por la trayectoria del M-19, y la vida de Carlos Pizarro, es un buen pretexto para echar una mirada al caso de Colombia y soltar algunas reflexiones al respecto.

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Según el diccionario, disidencia es la «acción o efecto de disidir». También se define como «grave desacuerdo de opiniones», cosa bastante común entre personas aun con la misma ideología o forma de ver la vida.

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Disidir. Hasta ahora me entero de la existencia de este verbo, pese a que llevo tantos años practicándolo con devoción; en público y en privado, en silencio y a todo pulmón, con dibujos y con textos, con amigos y con desconocidos, dentro y fuera de Colombia... Volviendo al diccionario, disidir quiere decir «separarse de la común doctrina, creencia o conducta». Yo diría que disidir es conjugar el pesimismo.

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Así las cosas, no es exagerado afirmar que la caricatura es sinónimo de disidencia. En mis años de estudiante, sobre todo al final de la secundaria, en medio del descontento de la época, mientras algunos de mis compañeros se debatían entre alinearse con los trotskistas o los maoístas, yo opté por ser caricaturista. Y desde entonces asumí una militancia activa en un movimiento disidente que, en mayor o menor medida, ha tenido tentáculos en todos los países del mundo.

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Una de las características de la disidencia, a mi juicio, consiste en no tragar entero, en ser inconforme. Como dicen los gringos, cuando las cosas parecen muy perfectas, o cuando ciertas cosas se dan por sabidas, think again. Ese repensar las cosas es lo que le permite a uno comprender mejor la realidad.

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Desde luego, la guerrilla es también una forma de disidencia. Es obvio que yo no comparto el uso de las armas para defender las ideas o para manifestar la inconformidad, y por eso opté por la trinchera del periodismo, y he defendido mis argumentos armado de papel, pluma y teclas, propiciando únicamente derramamientos de tinta.

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De los movimientos guerrilleros que conocimos en nuestra juventud el más atractivo sin duda era el M-19, porque a diferencia de los tradicionales métodos de las Farc, el ELN o el EPL, que acudían a discursos oxidados con lenguaje obsoleto y que se movían principalmente en zonas rurales o poblaciones pequeñas del país, el EME buscó llegar a los jóvenes de ciudades grandes y medianas gracias a una mezcla de entusiasmo y empatía; recurriendo además al humor, cosa rara en los movimientos de izquierda, donde aun hoy el humor parece desterrado.

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Sin llegar nunca a la militancia, yo siempre tuve una relación odio/amor con el M-19, pues por una parte me atraían ese mensaje de rebeldía y la irreverencia de sus actuaciones, pero por otra parte me mortificaba el uso de la violencia.

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Incluso yo fui víctima del EME en carne propia en 1988, cuando un comando de esa guerrilla secuestró al director del periódico El Siglo, en el cual yo publicaba mis trabajos. Por cuenta de esa acción del M-19, quienes trabajábamos con Álvaro Gómez vivimos varios días de angustia e interminables noches de zozobra, con el agravante de que en aquella época no había internet, ni correo electrónico, ni chat, por lo cual las vigilias se hacían mucho más largas.

No obstante, debo admitir que tras la ansiedad de los primeros días de ese secuestro, sin saber en manos de quién estaba Álvaro Gómez, la preocupación cambió de tono cuando se supo que lo tenía el M-19. Ahí supimos que se trataba de un secuestro político, relativamente manejable, cosa que no habría ocurrido si el autor del rapto hubiera sido un grupo más radical, como el ELN, o alguno de los carteles de la droga.

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En mi opinión, los principales lunares en la existencia del M-19 fueron el secuestro y posterior asesinato del líder sindical José Raquel Mercado y, desde luego, la toma del Palacio de Justicia. El caso de Mercado me sacudió fuertemente en mi adolescencia y me produjo una fuerte decepción, pues con esa acción la simpatía inicial que despertaba el M-19 se transformó en una crueldad incomprensible. Y, bueno, lo del Palacio de Justicia fue un error garrafal reconocido por los propios líderes de esa guerrilla, que no midió el alcance de su temeraria operación y que detonó una reacción igualmente trágica y absurda por parte del ejército, que le dejó al país una herida que aún no cicatriza.

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No creo mucho en el concepto tradicional de la patria, pues de hecho pienso que la nacionalidad es un accidente. Sin embargo, cuando muchos hablan de la patria como una madre, me pregunto qué clase de madre tenemos los colombianos. En ese orden de ideas, y haciendo un paralelo patria/madre, sobra decir que en principio uno quiere a su mamá; así sea cascarrabias, cursi, cantaletosa, camandulera, gorda o conservadora. No obstante, cuando esa mamá no sólo no protege a sus hijos, sino que además los persigue y los ataca, ¿qué debe hacer uno como hijo? ¿Huye? ¿Le devuelve la agresión? ¿La interna en un sanatorio? ¿Se dedica a hablar mal de ella? ¿Busca refugio en la casa de un amigo? ¿Trata de dialogar con ella, a ver si cambia? Yo creo que este dilema nos carcome a muchos colombianos…

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No nos digamos mentiras: la patria nuestra es una madre que atenta contra sus hijos. Colombia es una patria racista, clasista y excluyente, que no acepta fácilmente la diferencia y, prácticamente, no tolera la disidencia.

El racismo, por ejemplo, llega a tal extremo que a pesar de tanta población negra que hay en Colombia, la gente de esa raza difícilmente sobresale en campos diferentes del deporte o el entretenimiento, y a la mayoría de los negros sus compatriotas los ven con desconfianza. ¿Cuántos dirigentes empresariales negros tenemos? ¿Cuántos generales de las fuerzas armadas? ¿Cuántos actores? La casi totalidad de los negros en este país están condenados a ser ciudadanos de segunda.

Y qué decir de los indígenas. Colombia es el único país donde la palabra indio se utiliza como insulto en todos los estratos sociales... ¡Qué vergüenza de patria!

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En los últimos años, con el chovinismo desbordado desde lo más alto del gobierno, me indigna cada vez más el uso del patriotismo como pretexto para justificar toda suerte de crímenes y atropellos. En nombre de la patria representantes del Estado cometen crímenes de lesa humanidad, ignoran a los desplazados, insultan a la prensa, invaden países vecinos, espían a la oposición, desacreditan a las altas cortes. Y siguiendo esa lógica, quien no esté de acuerdo con el gobierno, no es un disidente ni un inconforme, sino que se convierte en traidor; una crítica a un funcionario, automáticamente se cataloga como una ofensa a la patria, y así subversivamente…

Por eso, si estar en contra de esas prácticas es ser enemigo de la patria, no me importa, acepto el remoquete, aunque preferiría que me llamaran disidente, pues a pesar de que el verbo disidir me suena muy extraño, su significado me parece fantástico. •

jueves, octubre 29, 2009

Abecediario sobre el aborto


A. Un avance social. Siempre he estado de acuerdo con la legalización del aborto. Por eso me pareció tan importante la sentencia de la Corte Constitucional que en 2006 lo despenalizó, así fuera sólo en tres casos muy puntuales, pues considero que esa sentencia representa un avance muy valioso en la lucha de las mujeres por sus derechos.

B. Es la ley. Gústeles o no a ciertos personajes, incluido el Procurador General, en este país todavía es legal la interrupción voluntaria del embarazo cuando constituya peligro para la vida o la salud de la mujer; cuando exista grave malformación del feto que haga inviable su vida; y cuando sea el resultado de una conducta, debidamente denunciada, constitutiva de acceso carnal o acto sexual sin consentimiento, abusivo, o de inseminación artificial o de transferencia de óvulo fecundado no consentidas, o de incesto. Quienes se oponen a esta legislación no sólo obran en contra de la dignidad de la mujer, sino también contra los principios más elementales de la salud y del bienestar de la comunidad.

C. Legalización absoluta. Yo voy mucho más allá y abogo por una legalización plena del aborto, pues ninguna ley debería obligar a una mujer gestante a llevar a término un embarazo cuando no está preparada social, psicológica ni económicamente para ser mamá. Al fin y al cabo es ella y sólo ella la que vive en carne propia las consecuencias del embarazo y la maternidad, en muchísimos casos sin el apoyo del padre de la criatura, y por lo tanto nadie (trátese del Estado, la familia, los amigos o incluso la pareja) puede exigirle que tenga un hijo que no desea. Soluciones como dar el bebé en adopción después de nacido son ridículas. ¿Acaso una mujer es una incubadora?

D. Sí, pero no. En la campaña reeleccionista de 2006 cuando le pregunté en una entrevista al presidente Uribe si estaría a favor o en contra de esa norma, todo lo que me dijo fue: “Si usted me pide pronunciamientos generales o ideológicos sobre el tema, no se los doy”. Con la ambivalencia que siempre lo ha caracterizado en asuntos importantes, Uribe no se quiso comprometer para quedar bien con todo el mundo, pues sabe que una buena base de su electorado se escandalizaría si defendiera el aborto, mientras que sus seguidores más progresistas (si es que los tiene) se irían de espaldas si se mostrara en contra. Otra encrucijada del alma.

E. De dientes para afuera. El gobierno no puede simplemente limitarse a decir que respeta ese pronunciamiento de la Corte Constitucional y a la vez quedarse cruzado de brazos ante las innumerables denuncias contra las entidades de salud que, valiéndose de cualquier pretexto, se niegan a atender pacientes que quieren interrumpir su embarazo. Las autoridades tienen la obligación de hacer cumplir esa ley, sobre todo en poblaciones medianas y pequeñas, donde las condiciones de salud son más precarias y las mujeres más vulnerables.

lunes, octubre 19, 2009

Sobre Calle 13


Aunque no soy propiamente uribista, tengo algunas consideraciones que hacer respecto al incidente de la camiseta de uno de los integrantes la banda musical Calle 13.

• A pesar de lo crítico que he sido con Uribe, nunca usaría una camiseta con un mensaje como ese.

• Si uno quiere expresarse contra Uribe, por no estar de acuerdo con él, puede acudir a formas más sutiles y menos grotescas.

• Aunque no me gustó la camiseta ni su mensaje, tampoco creo que sea una afrenta contra el país; es contra Uribe.

• Por lo anterior, me parece ridículo que cualquier alcalde pretenda imponerle vetos a ese grupo musical o a cualquier otro artista, por discrepar, así sea groseramente, contra el presidente Uribe.